El-Altar-al-Cielo

# El Altar al Cielo *Por: Beria Colwell* ## Capítulo 1

Érase una vez, en un lugar donde los siglos fácilmente podrían confundirse con segundos, un reino con un soberano lleno de bondad, gran sabiduría y absoluta magnificencia. Cielo era el nombre del Gran Soberano.

Llegó de lejanas tierras un día a palacio un hombre con pinta envejecida, dotado de la tranquilidad que solo posee alguien que ha vivido lo suficiente. Destino, aquel hombre, habría vivido más que cualquier otro en ese reino. Se detuvo entonces frente al trono del Excelentísimo; este sonrió al verle y esperó a que pronunciara el motivo de su visita.

— Algunas lunas anteceden mi inequívoca partida, Cielo amigo; he vivido desde el inicio de todo y conozco el final de lo absoluto. Antes de partir, quiero compartir contigo todo lo que sé y confiarte a ti lo que seguramente se hará verdad.

Aquellas palabras sorprendieron al Gran Soberano; el viaje que emprendería Destino solamente podía significar una cosa, y el Rey asimilaba aún tal significado mientras respondía con firmeza.

— Sea pues, querido Destino, tal como lo quieres.

Largos días y noches completas acompañaron a ambos durante el relato de Destino sobre la existencia misma del Cosmos. Cuando hubo el anciano terminado de contar hasta el más insípido detalle, volviose hacia aquél a quien había visto nacer, crecer y tornarse en tal excelso personaje.

— La grandeza te antecede, Rey amado. Hubo soberanos antes que tú cuyo poder y fuerza resuenan en la historia, pero ninguno jamás con el brillo que tú tienes. Heredas tú la grandeza de todos aquellos que te precedieron, volviéndote la encarnación de la Grandeza, Cielo; sin embargo, tal poder que ahora portas ha cargado en ti una soledad muy grande. Tienes el poder absoluto sobre todo lo existente en el Cosmos —suspiró profundamente Destino—, pero pesa en tu corazón llevarlo a costa de las vidas de todos tus ancestros. Encapsulas en tus ojos todo el poderío avasallador del Caos. Posees la tenacidad de la Noche; en tu mente abarcas todo lo que cubre la Oscuridad y la Luz; y tu sonrisa conserva la pureza del Día, tu madre, que inundaba con amor todo en lo que depositaba su mirada.

Todo lo que mencionó Destino era correcto. El Caos, quien fuera el origen de todo, se encontraba ahora contenido dentro de Cielo, y se reflejaba en su mirada dándole al color azul del Día y al brillo de la Luz, unos destellos de un poder absoluto e ineludible.

Tras la muerte de sus ancestros, cada uno cedió de sí ante Cielo, quien ahora, en el apogeo del reino, era siglos de historia en un mismo sujeto.

— Ahora que conoces todo del Cosmos, Cielo, podrás con tu gran sabiduría reconocer cuánto podrás interceder sobre lo que te he contado. El destino no puede ni debe modificarse, pero está ahora en tus manos cambiar las variables que consideres a bien alterar, por el bien de todos a los que proteges. – Depositó una mano sobre el hombre el aún joven Emperador. – He sido testigo de tu Omnipotencia, puedo irme en paz.

Cielo atesoró en su corazón cada palabra que profirió su amigo antes de marcharse eternamente. Fueron varios los días más en los que el soberano detúvose a meditar, sabía que la calma que habitaba en el reino sería ensombrecida por una pena. Había cosas entre las que le confirió Destino, que habría deseado no conocer jamás.

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